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Miércoles - 24.Mayo.2017

Estás en: Astronomía

En un lugar del espacio, cuyo nombre podría ser Cervantes

(18/08/2015)

Autor: Ambros

Este blog no podía faltar en una de las propuestas más interesantes de este verano. Participar en la votación de la Unión Astronómica Internacional que va a dar nombre propio a 20 estrellas cercanas. E intentar que una de ellas, mu Arae, reciba el nombre de Cervantes y sus planetas sean denominados como los personajes de El Quijote, su novela más conocida. La propuesta y la votación pueden verse en la web Estrella Cervantes.

Además de un enlace para votar, que es algo que espero que todos hagáis, la web incluye diversos textos incluyendo uno con mis razones para hacerlo y que reproduzco a continuación. Espero que os convenza, si aún no lo estas. 
 
La importancia de dar nombre a tus sueños
 
Dar nombre a los hijos es uno de los pasos clave antes de ser madre o padre. Lo decidimos antes de verlos, antes de tenerlos entre los brazos. Les ponemos nombre cuando son solo una promesa de vida y únicamente podemos verlos mediante instrumentos y aparatos. Los ultrasonidos son un buen ejemplo de cómo utilizamos la ciencia y tecnología para descubrir que el mundo es aún más fascinante, bello e interesante de lo que nuestros ojos pueden ver.
 
Durante milenios hemos mirado al cielo con la misma fascinación. Con el deseo de descubrir aún más belleza en un panorama que ya es bello de por sí. Y, en las últimas décadas, hemos aprendido a utilizar la tecnología para buscar vida en ese mismo cielo. O, al menos, las condiciones adecuadas para que la vida pueda desarrollarse. Como resultado de esa búsqueda, hemos encontrado miles de planetas alrededor de centenares de estrellas y la cuenta crece constantemente. Este página web esta dedica a uno de ellos, HD 160691, mu Arae o μ Ara. Es un nombre frío, un número de catálogo cómo la referencia de un expediente médico. Es un número que no sirve para expresar los sueños y las ilusiones de sus descubridores.  Porque μ Ara se encuentra a sólo 50 años luz de distancia. Lejos para nuestras naves pero en la puerta de lado cuando hablamos de una galaxia de 150.000 años luz de diámetro. Y no se trata de una estrella solitaria. A su alrededor giran, al menos, 4 planetas. Planetas que es probable que tengan lunas que aún no somos capaces de detectar.  Esta estrella esta lo bastante cerca para que futuras civilizaciones humanas sean capaces de alcanzarlo en un viaje de décadas o incluso siglos. ¿Un sueño, una quimera? Quizás. Pero la experiencia demuestra que, si llegar a un lugar es físicamente posible, la humanidad acabará haciéndolo. Lo hemos hecho en cada esquina de nuestro planeta e  incluso más lejos.
 
Explorar, como tener un hijo, no es una decisión puramente racional, ni económica. Forma parte de lo que nos hace humanos y es tan grabado en nuestros genes como el sexo. Y no importa si el viaje es imposible o la tecnología no existe. Los humanos dimos nombre a las estrellas e inventamos las constelaciones antes de comprender siquiera lo que estábamos viendo. Y no nos conformamos con observarlas desde lejos. Hace 2.200 años, Luciano de Samosata soñó con viajar a la Luna. En el siglo XVI, el español Juan Maldonado retomó esta temática con su libro Sommium. Pero el punto de inflexión llego con Galileo Galileo y  la nueva tecnología del telescopio. Esta tecnología permitió descubrir una superficie cubierta de montañas y llanuras. La Luna ya no era una luz etérea sino un cuerpo sólido, un lugar a visitar. En cuanto fuimos capaces de observarla en detalle, decidimos dar nombre a lo que veíamos. Yo creo que esos nombres marcaron una diferencia fundamental. Nos dieron un destino a alcanzar tan pronto como fuésemos capaces de hacerlo. Y lo fuimos. En  1969, la humanidad pisó la Luna y, naturalmente, no fue en una llanura anónima. El Apolo 11 se posó en el Mar de la Tranquilidad y ese es el nombre que quedara en la historia como nuestro primer destino más allá de la Tierra.
 
Probablemente estemos aún más lejos del viaje interestelar que Galileo del viaje a la Luna. No importa. Nuestros nuevos telescopios nos han permitido detectar estos nuevos mundos y creo firmemente que acabaremos encontrando la forma de llegar a ellos. Darles un nombre es el primer paso, un paso pequeño pero necesario en un largo camino de exploración y descubrimientos. En las próximas décadas y siglos aprenderemos cada vez más, estudiaremos los soles y planetas cercanos y soñaremos con las maravillas que encontraríamos de poder visitarlos. Repetiremos un proceso que ya hemos llevado a cabo, con éxito, en el pasado.
 
Damos nombre a lo que queremos y utilizamos esos nombres para marcar una continuidad con nuestro pasado, nuestra cultura y nuestros deseos. No sé me ocurre una forma mejor para ello que llevar a las estrellas al libro más conocido de uno de nuestros escritores más recordados  y más universales. Cervantes y el Quijote se merecen tener un lugar en cielo.  Nada mejor que un soñador para dar nombre a nuestros sueños de futuro. 
Etiquetas: astronomía
Autor: Ambros
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