Los telescopios crecen y crecen sin cesar por una buena razón. A mayor tamaño, más fotones son capturados y es posible observar objetos más lejanos y más débiles. Pero existen límites a lo que podemos construir. Una alternativa es utilizar el sol como lente para un telescopio insuperable dentro de nuestro sistema solar.
Es lo que tiene una carrera espacial de verdad. Los políticos, los periódicos y la opinión pública te empujan a pensar a lo grande. A principios de los años 60, en el momento de mayor éxito de las misiones espaciales soviéticas, hubo quien temió una luna pintada del rojo. Una década después, un científico de la NASA Richard Vondrak estudió la posibilidad de dotarla con una atmósfera como la nuestra. Al menos, temporalmente.
Una cápsula Apolo regresando de la Luna era el objeto tripulado más rápido de la historia. Tenia que enfrentarse a una brutal reentrada atmosférica a casi 40.000 km/h. Debía ser capaz de proteger a sus ocupantes, reduciendo el calentamiento provocado por el roce con la atmósfera en todo lo posible. Y, sin embargo, su diseño parecía poco más aerodinámico que una plancha.
Estamos a mediados del siglo XIX. El mundo reconoce a Newton como un genio y todos los planetas recorren sus órbitas siguiendo sus leyes. ¿Todos?. No. Mercurio, un pequeño planeta tiene una trayectoria imposible de explicar. La única explicación que parece razonable es que exista otro pequeño planeta desconocido entre el Sol y Mercurio que altere su órbita.
Si, la intensidad de su luz es un peligro para los ojos. O para los instrumentos. Pero sigue estando lejos y sigue siendo necesario utilizar un telescopio para observar los detalles más pequeños del Sol. Los problemas aparecen cuando intentas que su feroz energía concentrada no achicharre al aparato en el proceso. Esta claro que hacen falta unos cuantos cambios para permitir que funcione correctamente.
Para obtener datos científicos de la Luna a veces hay que golpear el terreno con naves espaciales desechadas. O lanzar penetradores que se incrusten en su interior. Pero hay quien propuso dar un paso más y bombardearla con armas nucleares.
Estamos a principios de los sesenta y la guerra fría esta en su apogeo. Los satélites acaban de nacer y su capacidad es muy limitada por lo que los americanos no saben que pasa dentro de la Unión Soviética. De hecho, un avión espía U2 acababa de ser derribado en su espacio aéreo, su piloto capturado y los americanos avergonzados delante del mundo. Era el momento de probar cualquier método por extravagante que fuese.
Casi desde su creación los telescopios tendieron a hacerse más y más grandes para aumentar su sensibilidad a las señales mas débiles. Pero cuando se trata de detectar partículas tan esquivas como los neutrinos es necesario buscar algo más que tamaño. ¿Una posible solución? Convertir un kilometro cúbico de hielo en un gigantesco telescopio.
El Sol es el más gigantesco reactor de fusión de nuclear que podemos tener cerca sin que nos cause problemas. Y, a muy pequeña escala, nuestros paneles solares se aprovechan de él. Sin embargo, hay quien ha propuesto planes más ambiciosos. ¿Qué tal utilizarla toda? El Sol entero y completo.
No hablamos de contaminación lumínica aunque sea un problema. La pregunta es más básica. En un universo de cien mil millones de galaxias, de trillones de estrellas ¿Cómo es posible tener un cielo oscuro?