“Somos nuestros genes” es una frase tópica relativamente reciente e irremediablemente anticuada. Desde que somos capaces de realizar transplantes de órganos es perfectamente posible que un ser humano posea células con los genes procedentes de otra persona. Claro que a nosotros nos resulta muy difícil y necesitamos potentes medicamentos antirrechazo para mantener esa situación. La naturaleza lo hace mucho más fácil.
El ejemplo más simple son las mutaciones dentro de nuestro propio cuerpo. Pueden producirse por errores en la duplicación de una célula o por agentes externos como los rayos ultravioleta del sol. Aquí tenéis
una excelente animación que explica los diferentes tipos de mutaciones. Un cambio muy pequeño, una mutación a nivel del ADN, puede ser casi indetectable pero no deja de tener efectos. Un ejemplo son las llamadas
“mutaciones silenciosas”. Hasta hace poco se pensaba que eran inofensivas pero ahora estamos empezando a comprender sus efectos y no es así. Naturalmente, si los cambios son mayores puede llegar a alterarse el mecanismo de reproducción de la célula hasta generar un cáncer.
Imaginemos que el cambio se produce en un momento especialmente crítico. Cuando todavía estamos hablando de muy pocas células que se multiplican rápidamente para formar un feto. Las mutaciones en este momento soy muy peligrosas. Es habitual que provoquen un aborto natural y el feto nunca llegue a desarrollarse. Pero, si el cambio es pequeño y no afecta a aspectos críticos, la célula mutada puede reproducirse con sus compañeras. El futuro sistema inmunitario reconocería ambas células como propias sin generar rechazo. El término científico es
mosaicismo o mosaico genético y genera resultados curiosos como diseños en la piel conocidos como líneas de Blaschko.

Pero tener células con el código genético de otro ser vivo tampoco es tan extraño. Todas las mujeres embarazadas pueden atestiguarlo. En general, las células de un feto están “escondidas” tras la placenta que las oculta y aísla del sistema inmunitario. ¿Todas? No. Algunas células consiguen escapar y circular por el cuerpo de su madre. Algunos estudios han encontrado
células fetales de varón en el cuerpo de su madre hasta 27 años después. Todavía no sabemos muy bien como lo consiguen y que consecuencias, positivas o negativas, tiene en la salud de la mujer. Sin embargo, estos no son los mayores cambios posibles. Si la madre no puede aislarse del feto, ¿que sucede cuando hay dos fetos? En este caso, el material genético de ambos puede combinarse en distintos grados. Lo llamamos “quimera”, en recuerdo al
monstruo de la mitología griega. La forma mas “sencilla” es el intercambio de parte de su sangre tras resultar mezclada en la placenta. La consecuencia es una mezcla en los tejidos productores de la sangre que
se da en un 8% de los mellizos. La más extraña, la suma de dos óvulos y dos espermatozoides en un solo organismo. Sorprendentemente, es algo que puede pasar desapercibido cuando ambos son cigotos masculinos o ambos son femeninos. Cuando la mezcla corresponde a diferentes sexos es resultado es un hermafrodita. Si os interesan las quimeras, no os perdáis la
anotación de Shora sobre las quimeras humanas.