El Sol contra Charles Darwin(1) Estamos en 1859, Marie Curie nacerá en Polonia dentro de ocho años. Nadie conoce, ni ha imaginado remotamente, la radiactividad, la fisión o la fusión nuclear. Charles Darwin acaba de publicar El origen de las especies y, entre los múltiples argumentos religiosos y científicos en su contra, destacaba uno que podía enterrar la evolución en el olvido por décadas o siglos. ¿Habían durado el Sol y la Tierra el tiempo suficiente para permitir la evolución? ¿Cuánto tiempo había pasado desde el nacimiento de ambos?
En el siglo XVII el reverendo irlandés James Ussher estableció como fecha de la creación del mundo el 23 de octubre del 4004 antes de Cristo. Para lograr esa precisión se dedico a contar los años transcurridos basándose en las generaciones mencionadas en la Biblia. Esa fecha fue ampliamente aceptada y marcaba un límite para las personas con creencias religiosas.
Curiosamente, y hasta mediados del siglo XIX, muchos físicos estaban de acuerdo. El Sol, como el resto del universo, debía cumplir las nuevas leyes de conservación de la energía. Los mejores cálculos decían que si estuviese formado de carbón ardiendo en oxigeno duraría unos 2000 años pero había suficiente imprecisión para encajar ambas ideas. No era tiempo suficiente para la evolución. Los físicos William Thomson(2) y Hermann Ludwig von Helmholtz propusieron la contracción gravitatoria como fuente de la energía. Del mismo modo que una teja al caer al suelo pierde energía potencial que se convierte en calor, la contracción del sol produciría calor y radiación. Pero incluso imaginando un tamaño inicial igual a la orbita de la Tierra eso solo permitía entre 20 y 50 millones de años. Demasiado poco para desarrollar la increíble variedad de vida que podía estudiarse. Muy poco para pasar de bacterias a seres humanos inteligentes. ¿Habría alguien para defender la evolución?
Los geólogos vinieron al rescate. Analizaron el curso de los ríos y los sedimentos que dejan a su paso, la creación y erosión de las montañas, la acumulación de sales en los océanos a partir del agua dulce de los ríos.(3) y otros muchos fenómenos naturales. Sus cálculos sugerían que la edad de la Tierra debía ser de, al menos, mil millones de años. Ellos mantuvieron vivo el debate sobre la evolución hasta que los físicos descubrieron todo una nueva rama de la ciencia llena de oportunidades y peligros. La energía nuclear también sirvió para explicar el nacimiento, vida y muerte de las estrellas y, con ellas, de la vida en los planetas que las rodean.
Nunca comprendí la obsesión de James Bond por agitar y no mezclar el martini. El caso es que algún estudio parece darle la razón (1) aunque no creo que las diferencias sean sustanciales. Eso si, estoy convencido que los que más creen que existe una diferencia son los partidarios de la homeopatía.
“La preparación de los remedios homeopáticos, conocida como dinamización o potenciación, consiste en una serie de diluciones seguidas de agitaciones, diez fuertes sacudidas contra un cuerpo elástico tras cada proceso de dilución. Se cree que la vigorosa agitación que sigue a cada dilución transfiere parte de la esencia espiritual de la sustancia al agua” (2) Ya lo ven, diluir en agua, agitar con fuerza y volver a diluir es la esencia de la homeopatía. El problema es que se diluye tanto la sustancia que, al final, el resultado es un agua tan pura que los análisis más precisos no pueden encontrar ni una sola molécula del producto original. Como muchos, tengo la impresión de que hay más de efecto placebo que de que autentico poder curativo.
¿Y no basta con simplemente diluir o mezclar? Parece que no, hay que sacudir con fuerza. Porque si bastase con diluir tendríamos que recordar esta reciente noticia. “Cocaína abunda en río de Italia.” (3) Si una cantidad detectable de cocaína no causa efectos en la población, ni los hace adictos ni les “cura” de la adicción, debo pensar que el efecto de un remedio homeopático es fundamentalmente psicológico. Tal vez eso justifique su uso, pero no que se crea en ella.
¿Quieren algo más real y mucho más preocupante? Piensen en todos los contaminantes repartidos por el medio ambiente y en los desconocidos efectos de combinarlos. Piensen en los 283 productos químicos elaborados industrialmente que pueden encontrarse en la sangre de un recién nacido. (4) La mayoría parecen inofensivos, pero incluyen potentes tóxicos y cancerígenos. ¿No deberíamos preocuparnos más por los peligros que conocemos y podemos medir en lugar de distraernos con la “esencia espiritual” del agua?
El efecto mariposa en el billar Tengo que reconocer que soy más bien torpe al billar. Me falta precisión en el golpe y eso se multiplica tras alguna carambola. Acierto menos que el parte meteorológico y las causas tienen cierta relación.
Hace unos años se puso de moda hablar del efecto mariposa. Se decía: “El batir de las alas de una mariposa en el Amazonas puede provocar un huracán al otro lado del planeta” Esta idea surgió en los años 60 de las investigaciones del meteorólogo Edward Lorenz, que intentando simular matemáticamente el clima, descubrió que, en situaciones especiales, una variación muy pequeña en la situación de partida podía provocar enormes cambios a largo plazo.
Podemos ver un ejemplo en la vida cotidiana si dejamos caer verticalmente una pelota de tenis sobre una superficie plana. Tras varios botes la pelota se habrá alejado del lugar en que ha caído inicialmente. Por muy liso que sea el suelo, por muy esférica que sea la pelota, las pequeñas irregularidades de ambas hacen que el bote deje de ser vertical y la pelota salga proyectada en una dirección imposible de determinar previamente. Se genera una situación caótica e imposible de predecir, aunque la gravedad sea conocida y el entorno este perfectamente controlado.
Lo mismo se puede decir de otras muchas situaciones, conocemos las reglas generales pero la realidad es demasiado compleja e interesante y no podemos predecir con certeza el resultado final. Aplicándolo al billar me consuelo pensando que mi rival puede ser mejor, mucho mejor pero no infinitamente mejor. Las leyes físicas no lo permiten. Pero si permiten, y hasta exigen, que algún día, por el caótico movimiento de las bolas, acabe ganando. O eso espero.
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