Hay un cierto consenso en que la energía va a ser cada vez más cara al agotarse los recursos no renovables que utilizamos ahora. Sin embargo, eso no implica automáticamente que paguemos más por cada kilovatio-hora (en adelante kWh) que consumimos. La combinación de tecnología y exigencias legales puede llevarnos a la sorprendente conclusión de que una tarifa plana de electricidad es un futuro posible. Incluso puede que probable.
La mezcla de cambios tecnológicos y consecuencias económicas no suele estudiarse demasiado bien. Supongo que los ingenieros nos centramos en desarrollar nueva tecnología que sea rentable en si misma mientras que los economistas ven la tecnología como un simple recurso y la incluyen en sus ecuaciones junto con los tipos de interés o los costes salariales. Pero el desarrollo de energías renovables como paneles solares o pequeños aerogeneradores puede obligar a cambiar no solo las cifras sino algunos de los modelos de cálculo. Lo que sigue es una especulación personal que me ha parecido interesante porque es bastante diferente de lo que suele leerse por ahí.

Actualmente la energía renovable solar o eólica es más cara que sus alternativas contaminantes. Para promocionarla, se obliga a las compañías eléctricas a comprarla a un precio artificial que permite ganar dinero a sus promotores. Afortunadamente es un coste que va disminuyendo año a año lo que no sucede con el petróleo o el carbón. Desde un punto de vista estrictamente económico, las compañías no tienen interés en apostar por ellas hasta que el coste sea igual o menor. En un momento intermedio, el coste de esta energía será equivalente a un precio distinto y más alto. El precio que pagamos los consumidores. En ese punto, las cosas comienzan a ponerse interesantes. Si un panel solar o un pequeño aerogenerador pueden producir electricidad a un coste mas barato que la red tiene sentido comprarlos y utilizarlos directamente. Un particular, una comunidad de vecinos o una empresa podrían llenar su tejado de paneles, reduciendo su consumo y, por tanto, la factura que pagan a la compañía suministradora. Es un futuro tan cercano que España acaba de aprobar la
normativa legal para gestionar el autoconsumo de renovables.
El punto clave es que, legalmente, las compañías eléctricas están obligadas a garantizar el suministro en cualquier situación. Por ejemplo, en un día nublado y sin viento. Un día en el que todos esos consumidores vuelvan a la red para pedir la energía que necesitan. Esto les obliga a disponer de capacidad de generación suficiente, aunque este parada y en espera, y de líneas de suministro sobredimensionadas para hacer frente al mayor consumo posible. En el escenario definido anteriormente, el coste de las infraestructuras de producción y transporte sería cada vez más significativo en la factura total. Y si el consumo medio se reduce ¿Cómo hacer frente a dicho coste?
Mi opinión es que las compañías eléctricas solo tienen tres opciones. La primera es aumentar el precio de cada kWh. Naturalmente, eso haría aún más rentable que los usuarios busquen sus propias alternativas. La segunda es recurrir a los
contratos de interrumpibilidad. En estos contratos, una compañía recibe energía mas barata a cambio de reducir o eliminar su consumo cuando aumenta la demanda. No creo que sea suficiente y también impulsaría la búsqueda de alternativas fuera de la red. La última es subir el precio de la parte fija asociada al derecho a recibir una determinada potencia. Una tarifa plana a pagar por el derecho a consumir electricidad de la red. A cambio se podría mantener o reducir el coste de cada kWh. Incluso podríamos llegar a tener una tarifa plana limitada como sucede actualmente en telefonía móvil. Sería la mejor forma de bloquear el cambio, al hacer que no fuese rentable para los usuarios.
Este planteamiento no cambia demasiado aunque desarrollemos sistemas eficaces de acumulación de energía mediante parques de baterías o
centrales hidroeléctricas reversibles (no os perdáis este vídeo sobre
el proyecto de la Muela II). Para las compañías es otra inversión que deben recuperar de alguna forma y que sube sus costes fijos. En un mundo donde la energía cada vez es más cara, las compañías podrían decidir no cobrar por el consumo dentro de ciertos límites. Un efecto secundario de lo más extraño e inesperado